Julieta


Una amiga una vez me dijo que a veces, los verdaderos padres, no siempre son los biológicos. Me quedé pensando en eso varias veces, y ahora me doy cuenta, que algo de cierto tenía.

Julieta aparece en mi vida como una especie de madre.

Julieta.

Una mujer Colombiana, de 50 años, viuda y con dos hijos que viven al otro lado del mundo.

Julieta viene a darme las respuestas que mi vieja nunca supo como contestar. Me habla sobre la amistad. Y me enseña que hay que aprender a ser tolerantes con los amigos y aceptarlos a pesar de las diferencias. Lo mismo con los padres.

La importancia de la familia. Que hay que amarla constantemente y no guardarse nada de amor. Darse afecto, abrazarse, decir te quiero. Cosas que resultan tan extrañas en casa.

Julieta tiene una madre que es muy fría y dura con ella misma, sabiéndo aún que es muy diferente a ella y que no va a cambiar, la aprecia mucho. También tiene una abuela, y por lo que me cuenta, me da la sensación que se quieren bastante. Dice que es mas dulce y mas cariñosa que su madre. Julieta cuida de ellas dos.

Tiene dos hijos que viven en Australia y que ella va a visitar cada vez que puede.  Es una mujer moderna. Me dice que ahora la tecnología facilita un poco mas la distancia. Habla continuamente con ellos por Skype. Y sin embargo, habiendo esa conexión con sus hijos tan constante, me cuenta que sí sabe disfrutar de estar sola.

Me enseña también que no hay que pensar a los hijos como una posesión, que llega un momento en donde hay que dejarlos ir. Y que no es fácil a veces.

Su mirada lo expresa todo. Sus ojos transmiten paz. Tiene el rostro muy andino, razgos indígenas. Siento que es una persona que se da gustos, sabe cuidarse y está en armonía con ella misma. Independiente, cómoda y feliz de ser así.

Julieta me da aliento a mis sueños. Me dice que  siempre hay que pensar en ellos y que uno no necesitan de la aprobación de los demás para que puedan ser realizados. Que ella siempre quiso ser abogada y ahora lo es. Que siempre hay que mirar hacia adelante. Me cuenta que ahora se jubiló y que tiene mas tiempo para ella, que está aprendiendo algo de inglés y de francés y se siente contenta con eso.

Ve en mí una persona que le transmite mucha ternura y que tiene muchas expectativas de vivir en el mundo. Con sueños por cumplir. Me escucha. Me dice que también le da gusto hablar conmigo, que siente aprecio hacia mí.

Nos abrazamos.

Julieta fue como esa especie de madre, que encontró alguna hija en Buenos Aires. Que vino aconsejarme sobre la vida, apoyarme en mis sueños, decirme que jamás baje los brazos. A transmitirme otros valores, a hacerme sentir un poco mas hija. A enseñarme que los padres, hay que quererlos siempre, a pesar de las duras críticas que un hijo les pueda hacer, porque hicieron lo mejor que pudieron con nosotros. Nadie nace sabiendo ser padre. Es así.

Quizás encontrarme con ella fue un regalo para mí. Porque ahora, sabiendo que hay una madre dando vueltas por el mundo, puedo apreciar mas a mis viejos. Y es lindo eso.

Y pienso que si realmente estás dispuesto a vivir, y eso significa tener que enfrentar los obstáculos que en el camino se interpongan, todo llega.

La vida es mas simple de lo que parece, y perdón Jorge Drexler.

Somos nosotros, las personas que nos toca vivir en la ciudad, que nos hacemos demasiados problema por cosas que no tienen sentido y no damos lugar a apreciar lo que tenemos en frente. Al presente, a cada momento.

Y para poder apreciarlo mejor, primero, es necesario estar despiertos.

Lola me dice…


Lola me dice que es una buena historia. Y yo pienso que también. Lo que pasa es que no me gusta hacer alarde de las cosas que me pasan a diario. Pero si me las guardo para mí, estaría siendo demasiado egoísta. ¿Y qué hacer entonces? ¿Ficciones? Quizás si empiezo a escribir las pueda compartir como una forma de mostrar que todos podemos tener historias para ser contadas